Y es que cuesta tanto trabajo describir esas situaciones que abruman los sentidos
A 9150 kilómetros de distancia con un oceano y un continente de por medio se encuentra en el norte de África la antigua capital imperial de Marruecos, Marrakech, proveniente de la expresión bereber que significa “Tierra de Dios”.
Con el pretexto de visitar otro país hace unas semanas después de muchas horas en avion, una fila interminable para aduana y unas poquisimas palabras en frances me encuentro con la verdadera razón de tan largo viaje: me sacudo el cansancio y me recibe con un abrazo. Mi mejor amigo vive y trabaja en Rabat, a unas horas de nuestro punto de encuentro. Atravesar el mundo para verlo sólo pueden entenderlo quienes piensen que tantas coincidencias entre tú y otra persona son imposibles, y lleguen a considerar la posibilidad de ser almas viejas que volvieron a encontrarse en esta vida.
Pero hoy vamos a hablar de África y vamos a hablar de Marruecos, que dice así.
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Como lo primero que ves cuando tus ojos empiezan a acostumbrarse después de un largo tiempo dormido te da la bienvenida una ciudad recubierta por el mismo color como si un fango color rosado hubiera manchado paredes y banquetas. No se ve mas que color tabique por toda la ciudad, letreros que indican direcciones incomprensibles escritos con la floritura de un árabe milenario, pañuelos en colores imposibles destinados a cubrir el cabello de las mujeres marroquíes quienes siguen un Islam al pie de la letra y que además te permite distinguirlas de los miles de turistas, y el olor tan familiar a tierra caliente y desértica que se mezcla con el ya tan conocido, olor a mercado mexicano de sábado a medio día.
Quien visite la ciudad debe estar advertido que no se le conoce a la luz del día, con la puesta del sol se asoma tímida la luz de vela dentro de las lámparas que se ofrecen a los turistas y los no tan tímidos destellos de los faros que alumbran filas interminables de puestos de comida, señal de que apenas comienza la vida en el corazón de Marrakech. Situados en la plaza principal se siente el vértigo comparable sólo con aquel de ver el mar por primera vez. Con miles de personas alrededor y la mezquita de Kutubia como vigilante permanente de quienes visitan la Plaza de Jemaa el Fna uno trata de descifrar la dinámica de tan peculiar escena declarada patrimonio intangible de la humanidad: cobras levantándose al escuchar las notas musicales de las flautas de los hombres con turbante, botellas de refrescos conocidos con las etiquetas rojas de letras blancas traducidas en árabe que parecen formar parte de un juego, monos con pañales atados a la suerte de quien los explota por monedas, calandrias tiradas por flacos caballos llenos de moscas, algún puesto lleno de dentaduras y niños locales saludándote en francés, español e italiano convenciéndote de comprar algo que vuela y brilla en la oscuridad, bailarinas vestidas de todos los colores quienes en realidad son hombres haciendo una danza en el centro del círculo perfecto que se ha formado a su alrededor, funciones de teatro callejero y contadores de cuentos interpretando sus historias en un idioma desconocido, adivinas murmurando palabras incomprensibles con tarot en mano, vapor proveniente de miles de teteras dentro de puestos que exhiben verdura y carne lista para ser preparada.. y todas las cantidades de higos y dátiles como para dejar al resto del país sin provisiones de frutos secos.. y naranjas, naranjas enormes que una vez exprimidas ofrecen jugo que, se dice, es el mejor del mundo. Todo en Marrakech gira en torno a Jemaa el Fna
Y apenas estamos calentando. Aprender a decir NO en árabe, adquirir tu primer artesanía y pedir en perfecto español tu cena en un local alumbrado por una de las cientos de lucecitas provenientes de los puestos de comida son los primeros pasos para sentir que empiezas a comprender un pedacito de Marruecos. Conforme pasan los días aprendes a descifrar los ingredientes en las salsas y aceitunas servidos como aperitivo, a familiarizarte con las enormes berenjenas que tanto trabajo cuesta conseguir en casa, a memorizar la textura del couscous y hacerte adicto al pan redondo que acompaña todas las comidas en este país pero, sobre todo, en cada bocado aprendes que la prisa mata y que, para disfrutar del té de menta cargado de azúcar que los marroquís ofrecen sin cargo extra a sus huéspedes no debe ser sino acompañado de una plática que te haga reír a carcajadas mientras observas al mundo pasar como si estuviera en cámara lenta.
Pasada la cena y con la confianza bien construida te atreves a adentrarte a la medina cuyas proporciones y dimensiones son diferentes cada vez que la visitas, y se despliega ante ti un desfile de mil y un maravillas: alfombras de tremendo tamaño que imaginas pudieran ser mágicas, lámparas de aceite listas para ser frotadas mientras te abres paso entre motocicletas y gente.. Teteras que según me dicen son símbolo nacional de Marruecos todas ellas a juego con bandejas metálicas y vasos de colores, calzado del medio oriente así como vestidos que sólo te imaginas existen en películas de sultanes y princesas, alfarería transformada en platos chicos y grandes ricamente decorados con alusiones florales y el arte de la hojalatería en todas sus formas… lámparas que guardan recelosas la tenue luz de vela, estrellas con orificios que simulan constelaciones, las hay con grandes vitrales que pasan una luz caleidoscópica una vez encendidas y las hay diminutas con las que imaginas podrías decorar un bosque mágico a la perfección.. Y llegas de repente como si cruzaras una frontera a las especies que cobran vida en el paladar fundiéndose con demás ingredientes de los platos marroquís: azafrán, yerbabuena, jengibre, menta, canela, cúrcuma y sólo Alá sabe cuantas más. Con el olor a incienso de los pasillos te toma sólo unos instantes respirar les exóticas especies y guardarlas para siempre en una esquina de la memoria.
5 días y mil recuerdos después, me despido de Marrakech a bordo de un taxi, con la cordillera del Gran Atlas en frente, camellos descansando a la sombra de palmeras con dátiles y una vida que no se detiene al vernos pasar. Mosaicos verdes, amarillos y azules con figuras geométricas logran asomarse de entre el unánime color de los edificios y Marruecos me regala enorme sol de despedida que parece decir “Hasta siempre..” . El aeropuerto de Menara con sus columnas blancas sultánicas son mi último encuentro con África y tras un hasta luego que sabremos no durará mucho, pero se nos hará eterno, nos despedimos mi amigo y yo con un abrazo.
Hasta siempre tierra de camellos y princesas, de Islam y té de menta, de dulces granadas y naranjas, hasta nuestro próximo encuentro… Inshallah !































